Últimamente, con la Iglesia en pie de guerra contra la ampliación del aborto y a favor de la familia como Dios manda, en muchos foros de debate ultramontanos se regodean en subrayar la decadencia moral de las televisiones y su diabólica responsabilidad en la disminución de la grey católica. Y algunos de los foreros más exaltados recuerdan aquellos tiempos en que la tele era dechado de virtudes familiares, altavoz de la unidad conyugal y referente para futuros matrimonios de adosado.
Y aunque algunos se remontan a Crónicas de un pueblo, la mayoría citan Médico de Familia, la serie con la que Emilio Aragón enterró para siempre la bocina de Milikito y las bambas blancas de Vip noche y comenzó su imparable carrera hacia el olimpo de los mandamases televisivos.
El invento no era nada original: se cogen ingredientes y tramas de distintas series familiares norteamericanas (desde Con ocho basta a Los problemas crecen pasando por La hora de Bill Cosby); se colocan algunos personajes típicamente españoles (la chacha andaluza, el fontanero castizo, el colega ligoncete y el abuelo bonachón); se perfilan de forma que se vean representados todos los targets publicitarios y grupos de edad (las mujeres, los niños y adolescentes, los mayores) y se le añade mucho almíbar.
Se cuece con buenas intenciones y se adorna con la operación publicitaria de emplazamiento de producto más audaz de la tele española hasta la fecha y…¡tachán! salió un exitazo que copó las listas de audiencia entre 1995 y 1999 con picos de hasta nueve millones de espectadores pendientes de las aventuras del viudo doctor Nacho Martín, sus esfuerzos para sacar adelante a sus tres vástagos y sus dudas amorosas (porque no se puede hablar de tensión sexual en sentido estricto) entre su cuñada Alicia y su novieta Irene.
En la serie todo era maravilloso. Nacho vivía en un estupendo adosado y tenía cuidadora para sus hijos con el exiguo sueldo de médico de la Seguridad Social (bueno, y la pensión del abuelo). Los trabajadores del ambulatorio eran superenrollados (con enfermera maciza y minifaldera incluida), trataban a los pacientes como si fueran de la familia y de sus paredes colgaban carteles contra las drogas, contra el tabaco, contra el colesterol, contra el alcoholismo, contra el sida y contra todos los males del mundo conocido ya que, según reveló Emilio Aragón en un su día, el contenido de los carteles se decidía en función de las peticiones de la audiencia (se ignora si alguna asociación de diabéticos solicitó un cartel contra las series demasiado azucaradas).
Y es que Médico de familia era el paradigma de la juventud sana, la tercera edad activa, la dieta baja en grasas, el consumo responsable, la solidaridad social, el sexo seguro, el no a la piratería y que hacienda somos todos, porque sus tramas parecían una sucesión de recomendaciones de los distintos ministerios del ramo. (Pensándolo bien, igual no era tan diferente de Crónicas de un pueblo, nacida para dar a conocer el franquista Fuero de los españoles) Pese a todo, estaba bien hecha, los actores estaban creíbles y funcionaba como producto de entretenimiento de consumo masivo (que es, ni más ni menos, para lo que fue creada).
Lo mejor
Aunque sería injusto no mencionar a Farmacia de guardia como la primera serie de éxito made in Spain, fueron las grandes audiencias que logró Médico de familia las que animaron a los programadores a apostar por la ficción en español para el prime time. Las aventuras del doctor Martín abrieron las puertas a otras muchas como Periodistas, Compañeros o la imprescindible 7 vidas.
Lo peor
El productor José Frade acusó en su día a Emilio Aragón de haberle robado la idea de Médico de familia y lo llevó a los tribunales por plagio. Las acusaciones no hicieron mella en el éxito de la serie, pero sí llevaron a Frade a colocar en Antena 3 un producto muy similar a MDF llamado Tres hijos para mí solo y protagonizado por Enrique Simón. La serie sólo aguantó tres capítulos.
Trivia
Pues que os voy a contar que no sepáis. Todos los actores de Médico de familia han seguido en la tele y la mayoría con mucho éxito. El niño Aaron Guerrero se nos ha hecho mayor en la pantalla en Ana y los 7. Lydia Bosch volvió a la tele con Motivos personales tras un paréntesis para dedicarse a su familia y se ha convertido en la actriz preferida de la derecha española por su cerrada defensa de la fe católica en cada entrevista que concede. Su rival en el corazón de Nacho, Ana Duato, hace mucho que es Mercedes Alcántara para todos los españoles y Francis Lorenzo, el amigo ligón, arrasa de nuevo en Águila roja, tras algunos patinazos como su fallido late night y algunos éxitos, como su papel de pijo en Mis adorables vecinos. Antonio Molero cambió la fontanería por la mecánica y se llevó su papel casi clavado a Los Serrano y a Luisa Martín la hemos visto hace poco en Desaparecida y El caso Wanninkhof.
¿Y Emilio Aragón? Pues tras dos series que intentaron tirar de mimbres parecidos a los de MDF (Javier ya no vive solo y Casi perfectos) dejó la interpretación y se centró en el negocio televisivo donde ha demostrado ser un hacha y, tras fundar Globomedia se ha convertido en presidente de La Sexta. No le gusta salir para hablar de esa faceta de su vida, pero sí sigue promocionando de vez en cuando su ingente producción en las más variadas facetas artísticas: el stand up comedy, la música (de la sinfónica al pop pasando por el género infantil), los dibujos animados y, en breve, su primer largometraje. Pero aunque siga vendiendo esa imagen de chico sanote, yerno ideal, padre perfecto y defensor de los valores familiares, todos sabemos que tras la fachada hay un tiburón (blanco) de los negocios.







