El sufridor en casa

7 Octubre 2009 a las 7:49 por elsufridorencasa

Alcoholismo, infidelidad y hecatombes mundiales

Perdidos estableció un montón de precedentes, y hablar de ése que dice que ahora todos los canales norteamericanos quieren tener su propia versión de la serie está muy visto, así como enumerar los fallidos intentos que ha habido hasta ahora (para los que están dejando de quedar dedos en las manos). Pero uno de los precedentes curiosos que ha establecido es a nivel crítico: uno puede poner el piloto de muchas de estas series por las nubes y quedarse con cara de tonto cuando, cinco episodios después, la brillante premisa ha expirado y todo es lioso, los personajes son directamente estúpidos y las tramas no se cruzan, sino que se retuercen entre sí. Así que es un riesgo emitir un juicio de una serie como Flashforward tras sólo un capítulo emitido, pero permítaseme ser optimista y caer en el mismo error en el que se cayó con Héroes o Jericho: es estupenda.

Flashforward nos lo pone un poco más difícil que Perdidos, si eso es posible. Su premisa consiste en una hecatombe global en la que toda la población planetaria se desmaya al mismo tiempo durante 2 minutos y 17 segundos. Cuando se levantan, cada uno de ellos tiene una visión sobre lo que estaba haciendo exactamente seis meses después. Las visiones de algunos son catastrofistas y terribles, otros están simplemente en el cuarto de baño y otros ven cosas que no anuncian terribles acontecimientos para la humanidad pero sí para sus relaciones de pareja. Hollywood nunca pierde de vista ese principio que dice que una ruptura sentimental es mucho más dramática que una explosión nuclear en una guardería. Otros, por el contrario, no han tenido visión alguna, lo cual no es necesario explicar que no son exactamente buenas noticias. Las conspiraciones y los mensajes en código, obviamente, no tardarán en llegar.

Perdonamos a este piloto -sólo faltaría, después de todo lo que le hemos perdonado a Perdidos- algunas trampas de guión que hacen que los personajes recuerden en cuestión de minutos lo que uno tardaría en recordar unos cuantos meses, y que rápidamente asocien las visiones de unos a las que han tenido en otros, cuando no llevan despiertos ni unas cuatro horas. En series como ésta el tempo está por encima del realismo. Puede ocurrir una cosa digna de la mente de los más retorcidos y monstruosos marcianos, sí, pero siempre esperamos que nuestro protagonista reaccione con una actitud remotamente humana. Lo perdonamos porque lo importante, al final, es que los cuarenta minutos del piloto (recordad, lo que duran las series de verdad y no lo que hacemos aquí de estirarlo todo hasta que revienta) sirven para que conozcamos a los personajes (no son dignos de Chejov, pero tienen sus convenientes heriditas) y se pasan como un suspiro.

Otra cosa es importante es la cosa de siempre: ¿qué será de esta serie en manos de un canal español? Emitir en la misma noche Flashforward y Perdidos, estrategia de Cuatro para hacer una especie de contenedor de ciencia-ficción para todos los públicos, puede llevar a que más de uno se vuelva loco. Y no sólo por las más que sabidas vueltas de tuerca de la segunda y por las vueltas que ya promete la primera, sino porque ambas series exigen un espectador atento, retentivo y observador. Si por algo se caracteriza la televisión generalista española es por ofrecer desenfadados productos en prime time que se pueden seguir aunque estemos planchando, cosiendo, discutiendo, haciendo el pino o comentando el devenir del día por teléfono con el vecino de al lado. Que son cosas que, casualidades de la vida, también hacen los protagonistas de Flashforward mientras ahí fuera el mundo se va al traste. Si alguien es capaz de seguir Flashforward y Perdidos por las emisiones de Cuatro sin recurrir a Internet o inventos similares tal vez sea tan listo como los protagonistas de la serie y pueda irse ahí fuera a arreglar el mundo. Ellos, por su parte, tienen que hacerlo mientras se esfuerzan por dejar el alcohol o amar a su mujer. Lo de siempre: drama doméstico y, por ende, apocalíptico.

29 Septiembre 2009 a las 10:27 por elsufridorencasa

Mira quién negocia

Hay una serie de realities que triunfan por el mundo pero uno nunca se imaginaría funcionando aquí. Supermodelo es -o era- un ejemplo de ello, y pese a algunos momentos de lucidez de los espectadores, nunca terminó de arrancar, hasta estamparse directamente en su segunda edición. Se trata de realities que intentan explotar la pericia de sus concursantes seleccionados en algún campo que va más allá de cantar o bailar. Los hay de todo tipo, pero aquí, visto lo visto, no estamos preparados para ello. Nos importa un pito la moda, o al menos todo lo que se salga de algunos momentos oligofrénicos de las concursantes que intentan arañar un nombre en ese mundo. Ahora el canal más improbable para intentar otra vez ese camino se saca de la manga El aprendiz. ¿Quién me iba a decir a mí que un reality de La Sexta podía revelarse como una de las propuestas más interesantes en este campo?

El aprendiz intenta crear a empresarios y gente de negocios. Está inspirado en un formato inglés que tiene la particularidad de necesitar a un gran nombre detrás para existir y no sólo un buen casting. En el original inglés, sir Alan Sugar, creador de Amstrad, era el encargado de guiar a los futuros grandes empresarios a través de las pruebas para llegar al final. El programa adquirió una fama mundial cuando en la edición norteamericana fue el mismísimo Donald Trump quien tomó ese papel. En España ha sido Luis Bassat, el empresario del mundo de la publicidad, el que se encarga de la labor. Y su calma extraña, su tono amable a la vez que autoritario, demuestra que es un acierto de -¿podremos llamarlo así?- casting. Sobre todo, porque el programa no tiene un presentador, y eso es uno de los puntos a favor de El aprendiz.

El programa se deshace directamente de todo un añadido absurdo que ha hecho mucho mal últimamente a muchos ejemplos de telerrealidad: la supuesta necesidad de una gala, de un presentador, de unos opinadores que la mayoría del tiempo no cuentan nada. Probablemente el mayor ejemplo es El topo, de Telecinco, un programa que no fallaba en su planteamiento y pruebas, pero hacía gala de un tono demasiado apolillado en sus galas, presentadores y colaboradores, que acababa por hacerlo tedioso. El aprendiz sólo se vale del montaje, de rótulos sobre la pantalla y de las palabras de Bassat para conducir sus episodios, lo que le aporta un dinamismo que ya querríamos para otros recientes programas de más negra fortuna. A esto ayuda una realización que recuerda más a la película Wall Street que a Gran Hermano -no es necesaria la comparación entre ambos realities, ojo, afortunadamente hemos pasado ya ese momento- y que nos lleva volando por oficinas y rascacielos de Madrid. Y en el fondo lo que hace es enfocar continuamente los mismos cuatro rascacielos de reciente construcción en Madrid, pero puede que eso establezca un paralelismo con el mismo programa: este es un reality más pequeño, pero que se basa del apropiado enfoque de sus armas para resultar tan elegante.

Una vez dicho esto, ¿cuándo empiezan las peleas y las puñaladas? De eso sí que no nos hemos olvidado. Después de “reality” viene “show”, recordemos.

23 Septiembre 2009 a las 8:43 por elsufridorencasa

Historias de verdad e historias de mentira

Ayer por la noche Telecinco emitió, primero, Paquirri, miniserie, de las que tanto se llevan ahora, sobre la vida del torero, y a continuación, A mí plin, soy Ordóñez Dominguín, una especie de Hormigas Blancas de título insólito que se centraba en la vida de su primera viuda. Paquirri es una miniserie de factura respetable para ser televisiva, ritmo rápido y actores jóvenes y guapos. A mí plin, soy Ordóñez Dominguín utilizaba únicamente fotografías de archivo, imágenes de programas ya clásicos y mil veces vistas y el testimonio de algunas personas que rodearon a Carmina Ordóñez. Adivinemos: ¿cuál de los dos productos resultó más intrigante, divertido y redondo? Eso es, el segundo. Conclusión: cuando estamos hablando de personajes de tan enorme fama y legado, es difícil que nos traguemos otra cosa que no sea la historia en sí misma.

Y menos un producto como Paquirri, porque, consideraciones del primer párrafo aparte, dejó mucho que desear. Su factura era respetable, sí, pero eso no es decir mucho a estas alturas. Alguna que otra cámara lenta que ya no pertenecía a este siglo, una música machacona y repetitiva y una estructura con flashback un tanto cogida por los pelos por aquello de ser previsible no hacen que haya merecido mucho la pena dedicarle dos horas. Lo peor tal vez son unos actores que en muchos casos parecen ser más propios de una serie diaria que de algo que se quiere acercar al espíritu cinematográfico. Y que, encima, podrían resultar igual de inverosímiles de haberlo hecho bien: ahí radica el problema de interpretar a unos personajes que llevan en la televisión treinta años.

Nos esperan unos cuantos días de recordatorio de esas fechas y esos personajes y será también un proceso curioso ver cómo nos vuelven a contar una misma historia que lleva siendo la misma cinco años -veinticinco, en el caso de Paquirri-. O sea, cómo una misma historia se puede gastar y después regenerarse hasta estar lista para ser deslomada en todos los programas de televisión. No es necesariamente malo: ahora, cuando muchachos iletrados de Mujeres y hombres y viceversa ocupan cada vez más espacio televisivo, está bien que recuperen las historias y personajes que eran realmente interesantes y relevantes a nivel social para que nos quede a todos un poco claro. Pero, si puede ser, que nos cuenten la historia de verdad. Biopics como Paquirri no son necesarios.