Siempre pensé que las paredes de mi casa eran como las de un búnker. Por eso nuestro vecino de al lado era un misterio total. Jamás oí la voz de sus invitados, ni un estornudo o una carcajada. Sólo de vez en cuando se ponía ‘clichetudo’ y nos obligaba a escuchar a todos los residentes del bloque algún tema muy maricón de Mónica Naranjo o los Village People. Tan poco sabíamos de él que un día apareció en nuestra puerta una inglesa pidiéndonos la llave del portal para hacer una copia argumentando que era la nueva inquilina del piso contiguo. Nunca se despidió ni vimos camiones de mudanza.
Pero anoche, curiosamente, escuché como la inglesita entraba en su casa con compañía masculina. Me di cuenta entonces de que por muy gruesas que fuesen las paredes, siempre me quedaría la posibilidad de cotillear la vida de otros gracias a la buena acústica del descansillo. Yo estaba leyendo un no muy entretenido relato que me habían encargado los de la editorial y la verdad es que cualquier cosa captaba mi interés con facilidad. El caso es que empecé a oír la charleta de los dos guiris tan clara como si estuviesen en mi cuarto. Ella se reía nerviosamente y él no paraba de hablar. Supuse que era un ligue.
Ruido de vasos, algún besito y de repente, como si se metiesen en mi cama, comenzaron los gemidos. “Oh, babe, I like it” fue la prueba definitiva de que aquello se trataba de un polvete de domingo. Al principio me sentí extraña, escuchaba nítidamente hasta los sonidos de las sábanas, los roces y casi el frotamiento de los pliegues. Todo era tan explícito y tan claro que empecé a excitarme. Y como mi final de semana estaba siendo mucho peor que el de ellos y a fin de cuentas nos separaba un delgadísimo muro, metí mi mano por las bragas y me di al maravilloso placer de la autosatisfacción.
Cerrar los ojos e imaginarme con ellos fue tan fácil como para ellos correrse. “Qué decepción, ha sido tan corto…”, pensé ingenua. Segundos después estaban de vuelta a la tarea, y yo a la mía, claro. Hemos dormido poco, hay que ver qué potencia la de estos chicos. Cuando a las siete ha sonado el despertador de ‘babe’ – así he decidido llamarle – Clarise y yo hemos hecho lo propio. Hoy trabajo agotada, pero contenta: he tenido sexo del bueno.
Moraleja: el de la música netamente homosexual no se comía un colín.








