El filósofo y ensayista francés, André Glucksmann, recuerda a sus 71 años aquel Mayo del 68 en el que participó, aunque su posición ideológica esté ya muy alejada de aquel entonces. No en vano, Glucksmann apoyó a Sarkozy en la última campaña electoral.
Con su hijo, Raphaël, ha resumido su visión de Mayo del 68 que vivió hace 40 años y lo que queda de él en el libro “Mayo del 68. Por la subversión permanente”, libro que en Francia lleva por título “Mayo del 68 explicado a Sarkozy”.
Para Glucksmann, “Mayo del 68 son más preguntas que respuestas, y también es un método para plantearnos preguntas y respuestas juntos. Eso es finalmente la democracia”.
Según el filósofo francés, aquel mayo fue un “punto de inflexión” y “el final de una escalada revolucionaria y contrarrevolucionaria que mató todas las revoluciones”. Pero, ante todo, defiende que se trató de una “experiencia profunda de desenraizamiento”, desde un doble punto de vista.
En primer lugar, significó el fin de la Francia heredada de la Revolución de 1789, de la idea de una Francia compuesta por campesinos, obreros y burgueses. Una sociedad en tres partes, una “Francia eterna”, que desaparecía.

El segundo desenraizamiento lo simboliza, según Glucksmann, la fórmula “Todos somos judíos alemanes”, lema que los estudiantes del 68 adoptaron en defensa de Daniel Cohn-Bendit, Dani “el Rojo”, al que el líder del Partido Comunista francés había tildado de “anarquista alemán”.
“Dijo ‘anarquista’ pero todos sabíamos que quería decir ‘judio’”, señala Glucksmann. La relación con el mito revolucionario simbolizado en Mao y Marx “murió en ese momento”. Supuso el “fin de la Europa del 45. Los principios ideológicos del 45 saltaban por los aires de una forma filosófica”.
Los pequeños filósofos
Esa forma filosófica fue el fin de las grandes soluciones, de las grandes conclusiones dadas por los filósofos con mayúscula, como Marx. Una de las soluciones a los problemas de la humanidad dadas por estos grandes filósofos era “la Revolución”. Sin embargo, los estudiantes iban a adoptar otros modelos, el de los filósofos con minúscula, como Sócrates , que “hacía contestación”, explica Glucksmann. ”Sócrates abordaba a todos los grandes hombres del poder y a todos les preguntaba: ‘dime lo que sabes’ Sacaba las contradicciones preguntándoles. No era un hombre de soluciones, sino de preguntas”.
Eso es lo que sucedió en 1968. “Ésa es la revolución que se dio”, señala, “el hecho de preguntar, de hablar libremente, poner todo en duda, ser contestario. La vuelta a los filósofos con minúscula que plantean preguntas aunque no tengan respuestas”.
Este desenraizamiento “se manifestó en un nuevo tipo de revolución, en la óptica de una revolución interminable y no de una solución final que se mide por el número de cabezas cortadas. Es lo que pudimos ver después, en el 75 con la Revolución de los Claveles en Portugal o en España, donde se abolieron los vestigios del fascismo, o en las Revoluciones de terciopelo de la Europa del Este y que continúa hoy”.
El fin de un lenguaje
“En los 70, viendo una película de Mayo del 68, Cohn-Bendit me dio un codazo y me dijo: ‘Madre mía, menuda jerga pasada de moda teníamos’. Es cierto. La jerga del 68 era marxista”.
Sin embargo, Glucksmann explica que se ha dado la “decrepitud del discurso marxista” y que “la desaparición del discurso político que tenía respuesta para todo es algo bueno” ya que, ahora, “el discurso político no aporta una solución pero obliga a una acción, habla de una política real”.
Se articula así “un discurso político en torno a los riesgos, a los peligros. Antes se pedía siempre lo mismo a Dios: que nos librara de la guerra, el hambre y la peste. Los tres males. Ahora habría que pedírselo a uno mismo y a la colectividad. Hoy hay enfermedades políticas concretas y acciones que hacer”.
Para el filósofo francés un ejemplo concreto es lo que sucede en Birmania. El mundo bien informado observa cómo el régimen birmano impide la asistencia humanitaria a su propio pueblo que se está muriendo. “Eso se llama no asistencia a persona en peligro acercándose a crimen de la humanidad. Ahí hay un discurso político. Se necesitaría una energía para imponer una intervención en nombre de la humanidad, en nombre de los Derechos Humanos”.
En este sentido, señala que “no hay diferencia entre la política real y los Derechos Humanos porque cuando defendemos a las víctimas nos defendemos a nosotros mismos. Si no aceptamos la intervención, la no injerencia, aceptamos entonces las consecuencias, que pueden ser catastróficas”.
por Kamala Orozco