Esta es la historia de un hombre que gobierna un país difícil y terrible. Un país cainita y sangriento, donde el deporte nacional llamado buzkashi consiste en golpear desde un caballo el cadáver de una cabra decapitada y donde un niño identifica un arma con mucha más velocidad que un bolígrafo. En un hipotético certamen de belleza presidencial, ese hombre ganaría por elegante y educado, políglota y conciliador. Habla Pastún persa, urdu, hindi, inglés y francés. Ataviado con un gorro de astracán afgano y una túnica verde, Gucci lo ha calificado del hombre mejor vestido del mundo, y como colofón desciende de una familia aristocrática del grupo tribal pashtún de los Durrani, a la que pernecen su clan Popalzai y el de Barakzai, del que han salido todos los reyes y emires de Afganistán desde 1881.
Para engrandecer aún más su leyenda, Hamid Karzai escapa a la muerte con cierta regularidad. Desde 2002 ha sufrido cuatro atentados de la insurgencia y consiguió salir ileso de aquel bombardeo sobre Kandahar, cuando el fuego amigo de un superbombardero B-52 norteamericano casi lo mata. Debe llorar Hamid por las noches rezando para no sufrir el destino de su padre, Abdul Ahad Karzai, asesinado en Quetta a los 75 años por orden directa, dicen, del mismísimo mullah Omar, después de que padre e hijo viajaran a Roma para encontrarse con el rey Zahir Shah en 1999 y conspirar contra el régimen talibán.
El destino y los americanos llevaron a este empresario hostelero al frente de su país, gracias a las amistades fraguadas con algunos miembros de los servicios secretos norteamericanos durante los ochenta, cuando impulsaba la jihad con dinero estadounidense para combatir a los soviéticos. Tras sus primeros años de presidencia después de la caída talibán, su forma de gobernar despertó euforia, ganó premios y reconocimientos. Pero al pasar los años y pese a sus méritos, poco a poco el moderado señor pahstún fue cayendo en desgracia. Acusaban a su hermano de traficar con opio y enriquecerse. Le apuntaban con el dedo por pactar con señores de la guerra sanguinarios como Dostum. Le detestaban por su doble rasero a la hora de defender los derechos de las mujeres y su incapacidad para acabar con la violencia.
Y empezó a oler y a oler todo a podrido. La corrupción se hizo tan grande y tan numerosos los que se beneficiaban, que desbordó las cloacas de las instituciones. Llegó a hacerse tan evidente que olía de forma fuerte y pestilente. De repente surgieron otros rivales, como Abdullah Abdullah, el ex ministro de exteriores que le plantó cara y denunció alto y claro todas estas fallas.
Pero nada pudo con el tesón y el orgullo de Karzai. En las últimas elecciones alcanzó la victoria y por gracia de Allah obtendrá la felicidad del palacio presidencial a cuenta de esas pequeñas trampas organizadas por sus acólitos del suroeste, de la misma etnia. Unos miles de votos de nada, salidos de colegios electorales que nunca abrieron, o aquellos en los el 100% de las papeletas eran para él. Gracias a todos, amigos, debe pensar, camino como va de la reelección, por mucho que pataleen los observadores internacionales. Demasiado tarde.
Todo apunta a que podría ser de nuevo presidente del país, ese país cainita y sangriento. Lo conseguiría gracias al empujoncito de un fraude que utilizaron todos los candidatos. Pero qué más da entre tantas bombas, secuestros y muertes, como me dijo una vez el jefe de la brigada criminal de Kabul cuando le preguntaba sobre la desaparición de niños en la frontera con Irán. «¿Quién tiene tiempo para ocuparse de esas memeces? No importan las nimiedades cuando mis compatriotas se cruzan cada día con la muerte », decía.
¿Qué va a ser de karzai? ¿Cómo va a manejar el difícil jeroglífico afgano a estas alturas de la historia? Se rumorea que ya no cuenta con la simpatía (que no el apoyo) que le profesaba EEUU y viceversa. Cuentan que el presidente se enfureció tanto con el bombardeo de la coalición en Herat en el que murieron 70 civiles que el malogrado Bush tuvo que llamar para discupalse a través de una videoconferencia: “tus muertos son mis muertos”, le dijo para apaciguar los ánimos. La frase pasó a la historia porque ahora Obama es el presidente y los italianos, españoles y alemanes buscan una luz al final del túnel, incapaces de explicar qué estamos haciendo allí a nuestra opinión pública que además no ha visto en su vida un partido de buzkashi. Tal vez si lo hicieran comprenderían Afganistán.
Karzai, el último de los dirigentes Durrani, deberá ser capaz de encontrar la solución que pacifique y haga de ese país un lugar menos cainita y menos sangriento, donde un niño identifique antes un bolígrafo que un arma. El cómo está todavía por descifrar.














