Informativos Telecinco Desde las trincheras

21 Septiembre 2009 a las 18:50 por desdelastrincheras

El último de los Durrani

Reuters

Hamid Karzai. Foto:Reuters

Esta es la historia de un hombre que gobierna un país difícil y terrible. Un país cainita y sangriento, donde el deporte nacional llamado buzkashi consiste en golpear desde un caballo el cadáver de una cabra decapitada y donde un niño identifica un arma con mucha más velocidad que un bolígrafo. En un hipotético certamen de belleza presidencial, ese hombre ganaría por elegante y educado, políglota y conciliador. Habla Pastún persa, urdu, hindi, inglés y francés. Ataviado con un gorro de astracán afgano y una túnica verde, Gucci lo ha calificado del hombre mejor vestido del mundo, y como colofón desciende de una familia aristocrática del grupo tribal pashtún de los Durrani, a la que pernecen su clan Popalzai y el de Barakzai, del que han salido todos los reyes y emires de Afganistán desde 1881.

Para engrandecer aún más su leyenda, Hamid Karzai escapa a la muerte con cierta regularidad. Desde 2002 ha sufrido cuatro atentados de la insurgencia y consiguió salir ileso de aquel bombardeo sobre Kandahar, cuando el fuego amigo de un superbombardero B-52 norteamericano casi lo mata. Debe llorar Hamid por las noches rezando para no sufrir el destino de su padre, Abdul Ahad Karzai, asesinado en Quetta a los 75 años por orden directa, dicen, del mismísimo mullah Omar, después de que padre e hijo viajaran a Roma para encontrarse con el rey Zahir Shah en 1999 y conspirar contra el régimen talibán.

El destino y los americanos llevaron a este empresario hostelero al frente de su país, gracias a las amistades fraguadas con algunos miembros de los servicios secretos norteamericanos durante los ochenta, cuando impulsaba la jihad con dinero estadounidense para combatir a los soviéticos. Tras sus primeros años de presidencia después de la caída talibán, su forma de gobernar despertó euforia, ganó premios y reconocimientos. Pero al pasar los años y pese a sus méritos, poco a poco el moderado señor pahstún fue cayendo en desgracia. Acusaban a su hermano de traficar con opio y enriquecerse. Le apuntaban con el dedo por pactar con señores de la guerra sanguinarios como Dostum. Le detestaban por su doble rasero a la hora de defender los derechos de las mujeres y su incapacidad para acabar con la violencia.

Y empezó a oler y a oler todo a podrido. La corrupción se hizo tan grande y tan numerosos los que se beneficiaban, que desbordó las cloacas de las instituciones. Llegó a hacerse tan evidente que olía de forma fuerte y pestilente. De repente surgieron otros rivales, como Abdullah Abdullah, el ex ministro de exteriores que le plantó cara y denunció alto y claro todas estas fallas.

Pero nada pudo con el tesón y el orgullo de Karzai. En las últimas elecciones alcanzó la victoria y por gracia de Allah obtendrá la felicidad del palacio presidencial a cuenta de esas pequeñas trampas organizadas por sus acólitos del suroeste, de la misma etnia. Unos miles de votos de nada, salidos de colegios electorales que nunca abrieron, o aquellos en los el 100% de las papeletas eran para él. Gracias a todos, amigos, debe pensar, camino como va de la reelección, por mucho que pataleen los observadores internacionales. Demasiado tarde.

Todo apunta a que podría ser de nuevo presidente del país, ese país cainita y sangriento. Lo conseguiría gracias al empujoncito de un fraude que utilizaron todos los candidatos. Pero qué más da entre tantas bombas, secuestros y muertes, como me dijo una vez el jefe de la brigada criminal de Kabul cuando le preguntaba sobre la desaparición de niños en la frontera con Irán. «¿Quién tiene tiempo para ocuparse de esas memeces? No importan las nimiedades cuando mis compatriotas se cruzan cada día con la muerte », decía.

¿Qué va a ser de karzai? ¿Cómo va a manejar el difícil jeroglífico afgano a estas alturas de la historia? Se rumorea que ya no cuenta con la simpatía (que no el apoyo) que le profesaba EEUU y viceversa. Cuentan que el presidente se enfureció tanto con el bombardeo de la coalición en Herat en el que murieron 70 civiles que el malogrado Bush tuvo que llamar para discupalse a través de una videoconferencia: “tus muertos son mis muertos”, le dijo para apaciguar los ánimos. La frase pasó a la historia porque ahora Obama es el presidente y los italianos, españoles y alemanes buscan una luz al final del túnel, incapaces de explicar  qué estamos haciendo allí a nuestra opinión pública que además no ha visto en su vida un partido de buzkashi. Tal vez si lo hicieran comprenderían Afganistán.

Karzai, el último de los dirigentes Durrani, deberá ser capaz de encontrar la solución que pacifique y haga de ese país un lugar menos cainita y menos sangriento, donde un niño identifique antes un bolígrafo que un arma. El cómo está todavía por descifrar.

7 Septiembre 2009 a las 23:48 por desdelastrincheras

¿Cuánto le pongo?

“Si me das 1000 euros, te quemo un coche y lo grabas”. Con esa frase me abordó un ‘banlieusard’, un francés de la periferia de París durante los disturbios de aquel famoso otoño del 2005 en Clichy sous Bois. Yo estaba micro en mano y Mohammed, con gafas de sol en plena madrugada, me ofrecía rociar un vehículo con gasolina y prenderle fuego delante de mi cámara, de modo que pudiéramos grabarlo y obtener una suculenta exclusiva. Por supuesto me negué y exclamé: ¡1000 euros! “Pues es lo que está pagando la CNN”, me responde.

No hubo manera de comprobar tales afirmaciones. Ni esa ni ninguna. Pero más de un periodista sin escrúpulos sabe en lo más profundo de su propia cartera, de su caja B o de su hipocresía corporativa lo que se paga por entrevista o imagen exclusiva. En Irak, Afganistán, Somalia o en cualquier pobrezaland sacudida por las bombas o las armas, ese pago no sólo existe sino que se ha convertido en una práctica generalizada en las cloacas del periodismo internacional.

Ahí va otra anécdota: me la refirió hace un par de años el ‘fixer’ (un traductor y productor local) que nos albergaba en Grozny, la capital chechena. kalashnikov en mano, contaba a carcajadas desdentadas cómo disfrazaron a su prima de terrorista suicida. Apareció en todos los telediarios de una televisión nórdica. Más risas. El problema es que se les fue de las manos, la pobre sobreactuó y contó que la habían torturado. Se montó una buena a alto nivel político, me decía, pero ¡qué bien pagaban esos jodidos periodistas europeos!

Otra más: en Afganistán, cuentan las malas lenguas que un prestigioso semanario francés pagó una buena suma de dinero por entrevista exclusiva a un tal Comandante Farouki, que ordenó el ataque que mató a 10 soldados franceses en el valle de Uzbin. En las fotografías, el talibán aparecía ataviado con el uniforme y en algunas fotos había pertenencias personales de los soldados a los que había asesinado. Hubo reacciones de repulsa del gobierno francés y de los familiares de los soldados, que calificaron las fotos de abyectas. Ese supuesto «líder» talibán ni siquiera fue entrevistado. Respondió a un cuestionario que le llevó una valiente (y buena) fotógrafa, como si de Sarkozy se tratase. Un escenario, una pose, pase por caja, gracias.

Rusia también es un muy buen ejemplo de la sangría a los medios extranjeros ávidos de noticias, corre corre, yo primero. Allí casi todos cobran por hablar. Desde el triste abogado hasta el mismísimo señor Gorbachov. Todo el mundo sabe que para entrevistar al ex presidente ruso es menester hacer una donación a su fundación. Viva la Glasnost, el capitalismo obsceno, Putin y la democracia dirigida que a tantos enriquece bajo su reino.

A la guerra como en la guerra, dicen. El medio más poderoso contra el más débil, y el más rico se lleva el botín. Señores criminales pasen por el micrófono, hagan declaraciones con guión escrito y hablen ¡al mejor postor!

Lo triste es que no estamos hablando de la entrevista a una niña desaparecida. Ni a Julián Muñoz o a Kiko Matamoros. Estamos hablando de información, de conflicto, de guerras y de cómo llega la verdad hasta nuestras casas. ¿Qué credibilidad le damos a un señor al que le estamos pagando? Si yo soy pobre, vivo con 400 euros al mes y me piden que diga que soy un pederasta en una televisión nipona por 2000 euros, con mi rostro tapado por una misteriosa sombra ¿qué tengo que perder? Abro el debate.

La verdad y la mentira son difíciles de diferenciar cuando hay retribución de por medio. Y hoy en día algunas noticias de guerra se venden al peso, con todos sus cadáveres y sus fantasmas. ¿A cuánto va el kilo de carne, oiga?

26 Agosto 2009 a las 18:14 por desdelastrincheras

Ramadán apático

Dice el Profeta : “Ayunad a la visión de la luna (…). Concluid el mes de ramadán contando treinta días. Igualmente al comienzo del mes de Ramadán se contarán treinta días de sha’ban si no es visible el nacimiento de la luna”. El Corán

En ramadán todo se ralentiza. En Afganistán nadie prueba bocado, ni bebe un sorbo de agua fresca a 35 grados con un sol de justicia, ni fuma ni mantiene relaciones carnales desde el alba hasta que se pone el sol. A las siete menos cuarto de la tarde Kabul es un hervidero de coches, gritos, atascos, carreras, nubes gigantes de polvo y contaminación. Y después silencio. Atracón de comida para acostarse enseguida, levantarse a las cuatro de la madrugada, todo lagañas, para engullir alimentos en lo que llaman as-suhur y retomar energía antes del kayr, la oración del amanecer. 

Veo rostros cansados, labios secos y agrietados. Fastidio y mucho sueño. Pero cómo pueden aguantar así, me pregunto, imaginando el trastorno corporal y el castigo diario. «Allah nos da fuerzas », me dice Nadir, exhausto al volante del taxi que me lleva a casa. Conduce despacio, sin prisas, distraido y sin ánimo. « Es una limpieza del cuerpo », me explica, enumerando algunas de las virtudes de ayunar. «Mira, por ejemplo, esta barriga que ves, al final del ramadán en un mes, ya no estará aquí», dice sonriendo, realizando movimientos circulares sobre su barriga prominente. Muchos se quedan dormidos. En el mercado. En el trabajo.

El afgano está acostumbrado a su ramadán. Pero este año vive un ramadán turbio y confuso, sangriento y apático. Las elecciones pasaron y seis días después todo el país espera el veredicto final con la desidia del que sabe que su destino está en manos de otros. Los datos se van ofreciendo por entregas a la prensa, con ese ritmo pausado y lento que marca el ramadán.

Tal vez es una estrategia buscada. Como las ruedas de prensa que se suceden en el hotel Intercontinental en Kabul, donde se van anunciando día tras día los resultados parciales del recuento. Ahora 10%, mañana 17% de los colegios electorales escrutados. A cucharitas, como los bebés. “Fíjate que la rueda de prensa es a las cinco de la tarde. Así cuando termine, sobre las seis y media, la gente estará más pendiente de la cena que de saber quien va ganando”, me dice el compañero de Al Jazeera árabe.

  También es una forma de apaciguar a las partes, o de dar tiempo a los candidatos (sobre todo al ex ministro Abdullah Abdullah) de digerir su derrota anticipada y de pactar en la embajada estadounidense un puesto suculento. Por mí y por todos mis compañeros. Dicen estos días que el futuro de Afganistán no se decide en las urnas, sino en la embajada estadounidense en Kabul. A Obama le conviene un presidente afín y pocos cambios, aunque karzai no sea un presidente modélico. El líder pashtún no ha sido capaz de acabar con la corrupción rampante y con la violencia de la insurgencia.

Ayer uno de los seis grupos insurgentes (los talibanes se han exculpado) mató a 43 personas en Kandahar. Debe ser que el ramadán ralentiza todo menos la velocidad de la metralla. Y que el suicida sabe que en ramadán estén cerradas las puertas del infierno, ¿y abiertas las cielo?

A estas alturas, el 2009 se ha convertido ya en el año más sangriento para las fuerzas internacionales en Afganistán desde que llegaron en el 2001. 259 militares extranjeros muertos desde principios de año, más de dos por día. En todo el año pasado, fueron 294. Pero según la ONU, los civiles son los más afectados: más de mil han muerto desde principios de este año. 

Por eso, a la población no le interesan mucho las elecciones. Lo que más importa es llegar a casa, comer antes de la caída de un sol cansado. Y sobrevivir.

 

 

 

 

 

24 Agosto 2009 a las 14:44 por desdelastrincheras

Tortilla de patatas a lo Bamiyán

Huevos, cebolla y patatas de Bamiyán. Las patatas del valle de los Budas nunca hubieran imaginado pertenecer a semejante receta ibérica. Comerse una tortilla de patatas en Kabul, entre ruidos de helicópteros, sacos de arena a modo de trinchera, muros de cinco metros de altura con alambradas de espinas (como exigen las normas de seguridad de la comunidad internacional en Kabul) y hombres armados hasta los dientes, me ha provocado una extraña sensación de exaltación patriótica.

César y Marisol.

César y Marisol.

César y Marisol parecen felices aquí. Son los dos valientes que han decidido abrir un restaurante español en pleno Kabul. En la entrada hay cuatro hombres armados que escuchan música a todo volumen. “Todos tienen señales de balas, de cuchillos y otras armas. Son mercenarios que contrato para nuestra seguridad » dice César, un enamorado de este país. Viviendo en Logroño, un día se les cruzó en el destino la obsesión agfana. Es como una enfermedad vírica, dicen. Una vez contraída, nunca podrás abandonar el país.

El caso es que César y Marisol trabajaron un tiempo en la cantina de la base española de Herat (en el este del país), y después de dos años se han trasladado a la capital. Sirven fabadas, paellas, jamón, lomo de caña y sardinas en aceite de oliva. Manjares para paladares extranjeros únicamente (a 25 dólares el cubierto). Los afganos tienen prohibida la entrada a su local porque sirven alcohol. Tampoco los afganos aprecian demasiado el cerdo (los musulmanes no pueden probarlo). « Tenemos un camarero afgano que, cuando sirve el plato de lomo, hace todo lo posible porque no le roce la piel», dice César.

Ahora que llega el Ramadán, esconden el alcohol en un doble fondo de armario. Si las autoridades encuentran las botellas hasta le pueden clausurar el local. Sobre todo ahora, que es Ramadán. Hay vino chileno, Rioja y algunas botellas de orujo de hierbas que sabe a gloria sentado en ese inmenso jardín con verde césped, piscina, camas gigantes para tumbarse, rosas y mucha amabilidad. « Hace poco vino el embajador italiano, rodeado de guardaespaldas », explica.

Tortilla española en Kabul

Tortilla española en Kabul

Ha habido un momento mágico que no puedo pasar por alto. En Kabul a uno se le ponen los vellos de punta al degustar un trago de Rioja. Puede que sea la abstinencia durante tantos días, la sensación de volver a casa… Pareciese como si el vino español fuera más vino y más español, viva España, casi grito. César lo compra en el mercado negro de Kabul, como si esto fuera Chicago años veinte. Le cuesta unos 20 dólares la botella. Sólo consiguen productos españoles gracias a la amabilidad de los amigos que tengan a buena voluntad traer un sobrepeso en su maleta.

El producto nacional afgano es bueno. « Pero a veces te dan gato por liebre. En lugar de ternera, te dan carne de búfalo indio, que trae problemas », explica mientras corta suculentos trozos de ternera que se asan sobre la parrilla. Marisol remueve las patatas de un amarillo tan intenso como este país. « Las hay que pesan un kilo » , nos dice.

Es un lujo comer fabada asturiana, jamón o gazpacho en este rincón del planeta, donde la paella rivaliza con el arroz kabuli. ¡Una tortilla a lo Bamiyán, Marisol y César Yun!

21 Agosto 2009 a las 12:35 por desdelastrincheras

Votos de cartón

En el colegio electoral de Chelstton, a las afueras de Kabul, la fila de burkas se me antojaba bella. Varias afganas esperaban para entrar a votar en la habitación del fondo. Mujeres a la izquierda, hombres a la derecha. Les pregunté cosas sobre el miedo, su país, su opinión. Y Leili me habló a través de la rejilla blanca con un hilo de voz, casi disculpándose. No supe cuando terminó de hablar. No le veía los labios. Me imagino que tendría una sonrisa preciosa, unos ojos que transmitían alegría. O pena, o admiración. O asco. Nunca lo sabré.

Me dijo que estaba muy contenta de votar. Que quería que su país dejara de estar en guerra, que llegara la paz. A través de la ventana se divisaba un cascote de lo que debió ser un vehículo militar soviético. Entró en la sala y mostró su carnet sin fotografía. Se metió tras una caja de cartón gigante en equilibrio (las cabinas afganas) e introdujo su papeleta en la rendija artificial de un taperwere tamaño familiar. A la salida, exhibía orgullosa tinta indeleble (supuestamente) en la casi totalidad del dedo.

Eres una valiente, pensé. Los talibanes habían puesto una mina a la entrada de este colegio electoral que no logró causar ningún herido. El artilugio no logró amedrentar a nadie en este sitio, que estaba a rebosar de votantes. Más tarde comprendí que fui a parar al colegio electoral más concurrido de todo Kabul. Visité otros tres y estaban semivacíos. En uno, habían recibido un votante por hora. A un diplomático se le escapó queriendo que en algunos pueblos del país la participación no había llegado ni al 10%.

Que serían unas elecciones « imperfectas », ya se sabía. Era un modo para la comunidad internacional de curarse en salud en caso de irregularidades. Fraude ha habido. No se sabe cuánto, dónde ni cómo. Pero los carnet falsos funcionaban sin problemas (yo misma estuve a punto de votar, de no ser por). Las quejas de la Comisión Electoral Independiente han sido constantes y numerosas. El principal competidor del presidente Karzai, Abdullah Abdullah, ha presentado 30. En un pueblo llamado Nouristán (este), votaron 443.000 personas cuando viven 130.000.

La OTAN corre y dice que la jornada electoral ha sido todo un éxito en términos de seguridad. Habría que preguntar qué deben entender por éxito los familiares del medio centenar de muertos con los que ha finalizado la jornada. Aunque comulgo con ellos en que, a la vista de la hecatombe anunciada por los talibanes, la cosa se ha quedado en poco.

Vi a un grupo de afganos que no tenían señal alguna en sus dedos. Les pregunté por qué no habían ido a votar. « ¿Y para qué ? lo mismo da que gane un político o gane otro » me dice Nadir.

Ahora tanto el presidente Karzai como su principal competidor, su ex ministro de finanzas, Abdullah Abdullah, proclaman la victoria a los cuatro vientos. Y eso que los resultados oficiales tardarán semanas en saberse. La prisa es mala consejera. Aunque en este país, ¿la incertidumbre puede ser más peligrosa que las armas? Lo veremos.

Por el bien de este pueblo, esperemos que no corran rumores, resultados previos lanzados al aire. Denuncias de que en algunas urnas las papeletas eran inútiles votos de cartón, y llamamientos a la salir a la calle para apoyar a los perdedores.

20 Agosto 2009 a las 9:13 por desdelastrincheras

El kamikaze invisible

Viento divino. Eso significa en japonés la palabra kamikaze. El término se acuñó durante la segunda guerra mundial, y daba nombre a esos pilotos de armada imperial japonesa que se estrellaban contra objetivos americanos en el Océano Pacífico. Nada que hacer. El suicida es el arma más terrorífica, la que más amedrenta y la que más paraliza. Y no por los daños que cause, que pueden ser menores al de una bomba, misil, o un simple fusil trivial. Sino por el terror que produce pensar que estás mirando a los ojos a la muerte.

En Afganistán, el terrorista suicida es un ser invisible. Puede estar en el coche de lado. Puede ser ese conductor del coche blanco con pegatinas rojas, pieles sintéticas sobre el asiento en pleno agosto. Puede haberse cruzado contigo en la esquina cinco minutos antes en la plaza de Massud. Su nombre planea en el ambiente cargado y negro que genera el miedo, como un día sin luz con nubes bajas que oprime el cerebro y el estómago.

Ese es el miedo en el que se van a desarrollar las elecciones en Afganistán. En Kabul, me dicen que unos irán más temprano, por si hay bombas. Otros esperarán a las bombas para  ver si van. Se calcula que el 12% de los 6500 colegios electorales no van a abrir por inseguridad. Pero, ¿cuál será el impacto del miedo en la gran decisión? Salir de casa, ir al colegio electoral, votar. Cruzarse con él, el invisible.

El país está blindado. Hay 300.000 miembros de las fuerzas de seguridad en todo el territorio, entre afganos y foráneos. Kabul tendrá cuatro cinturones, dicen. Dos afganos, y uno exterior con tropas internacionales. Y el cuarto, en el aire. De ese modo, al menos, los kamikazes tendrán un obstáculo entre su explosión y el cielo.

El fraude está ahí. Entorpece el discurso de los burócratas venidos de todo el mundo a observar. Para tratar de justificar su existencia, han encontrado un eufemismo divertido. Las llaman las elecciones imperfectas. Yo tengo dos de esos carnets electorales falsos que circulan por todo el país. He visto un centenar. Todos tienen nombre falso de mujer, y no llevan foto. Porque la mujer en Afganistán no tiene la obligación de mostrar su rostro por ley. No pueden ser vistas, no existen, no son. ¿Puede haber una negación más absoluta para ser humano?

La amenaza suicida estará rondando. Si no es hoy, será mañana. Porque tienen la misma determinación que aquellos pilotos japoneses. Una prueba es que el creador de esa Unidad Especial de Ataque, el vicealmirante Onishi, decidió suicidarse al saber que el Emperador la hacía desaparecer.Se cortó mal la garganta y en vez de aceptar ayuda médica, prefirió vivir 16 horas de agonía hasta que alcanzó su objetivo. La victoria final.

18 Agosto 2009 a las 9:37 por desdelastrincheras

En las manos de Allah

« Babi le decía: Laila, cariño mío, el único enemigo al que un afgano no puede derrotar es a él mismo”

Khaled Hossein. Mil soles espléndidos.

El encargado del hotel en el que me alojo en Kabul, Safiulah, ha sido rotundo. Cuando le he preguntado si no le daba miedo ir a votar el próximo jueves, me ha dicho sonriendo “todos debemos morir un día u otro. Nunca se sabe, hermana”. La vida del afgano está en manos de Allah, aseguran. Están tan acostumbrados a la violencia que cuando les cuento que la onda expansiva del coche bomba que estalló el sábado con 500 kg de explosivos en ISAF dañó gravemente mi habitación de hotel (conmigo dentro) todos se echan a reír. A carcajadas.

Estallaron los cristales y llovían trocitos del techo. “I was scared”, les digo. Y sospecho por sus sonrisas que mi pueril anécdota debe sonarles a guasa. El afgano lleva 30 años de guerra. Después de echar a los soviéticos en 1989 y a falta de enemigo, los muyaidines bajaron de las montañas y tras un breve descanso decidieron matarse los unos a los otros por el poder. Ganaron los talibanes. Unos años más tarde, algunos de ellos se unieron a los americanos para echarles en 2001. Son los llamados Señores de Guerra, temidos líderes con ejércitos propios en algunas regiones a los que la “democracia“ ha brindado un escaño en el Parlamento sin pasar por los tribunales. Y por si faltaba alguien, el sanguinario Dostum llegó ayer al aeropuerto de Kabul para apoyar la campaña del presidente Karzai, que quiere así atraer el voto uzbeko.

En la cafetería le pregunto al joven Ahmad que quién va a ganar. “Da igual. Lo único que quieren todos es meterse el dinero en el bolsillo. Este es un gobierno corrupto. Nada va a cambiar, esté en el poder quien esté”, dice con una sonrisa, con esa resignación afgana sin pizca de amargura que tanto admiro.

Palabras como fraude y violencia aparecen de forma premonitoria en casi todas las noticias previas a las elecciones, al menos en los medios anglosajones. Aquí el último censo data de tiempos soviéticos y el miedo impera en las provincias del sur, dominadas por los talibanes, que quieren impedir el voto a toda costa. De los 364 distritos, peligran las elecciones en 156, según el propio gobierno afgano. En Kabul hay controles de policía afgana casi en cada esquina. Pero flojos. Se suceden las alertas sobre posibles coches bomba con suicidas al volante.

Y en la misa periodística de cada conflicto, los medios internacionales van llegando poco a poco, como un goteo, acercándose sigilosamente al altar informativo y esperando el momento de la comunión, la hostia y el primer directo, amén. Las teles sobre todo llegan a la caza del soldado nacional o del guerrero talibán. Los teléfonos de prensa de todos los ejércitos de todas las nacionalidades que componen ISAF están echando humo estos días, y la oficina de prensa talibán, que la habrá, ¿andará organizando excursiones para los más aguerridos (o los más suicidas)? El ejército español, como el Ministerio de Defensa no quiere, pues sale poco en los informativos. Qué pena por los nuestros, que lo han pasado y lo están pasando mal, y no se cuenta (y lo que les queda). Animo a todos.

En mi fiebre grabatoria (que a mi también me pasa) he visitado hoy a un talibán bien conocido por los occidentales. Me ha recibido en su casa Wakil Ahmed Muttawaki, el ministro de exteriores durante el régimen talibán. En estos momentos es el único enlace entre la administración americana y los talibanes para negociar. Después de pasar
dos años en la prisión de Bagram, está bajo arresto domiciliario en kabul. Para Wakil Ahmed, la única solución para el problema afgano pasa por la negociación. Pero para llegar a eso sólo se necesita una cosa: que las tropas extranjeras abandonen el país. Incluida la española, claro, que precisamente ahora se va a implicar aún más. Después de tantos años, van y reconocen que… ¡era una misión peligrosa y estábamos en guerra!. « Los españoles son enemigos de los talibanes porque estaban en la coalición que nos echó del poder en 2001», me explica Wakil Ahmed. Ocho años han pasado. Cuando le pregunto si le torturaron en Bagram, me responde: « una prisión no es una guest house (un hotel para extranjeros)” . Y se ríe. Lo que yo digo, la resignación afgana.

Y así, de conflicto en conflicto, viven aquí. La guerra forma parte de sus vidas, y de sus muertes, añado. Las dos, en manos de Allah.

17 Agosto 2009 a las 9:32 por desdelastrincheras

Desde las trincheras…

Mayte Carrasco en Georgia

Mayte Carrasco en Georgia

Decía Vegecio que la guerra es la forma que tiene el ser humano para demostrar su imperfección.

Soy reportera y recorro las zonas de conflicto del mundo para denunciar esas fallas humanas, verdaderas barbaridades en las que participan hombres, mujeres, pueblos, naciones, organizaciones supranacionales.

Como el diablo, tienen muchos nombres. Se disfrazan de golpe de estado o de ataque preventivo. Se adornan con un poco liberación del pueblo o de revolución. O se esconden tras esa cruzada religiosa, o democrática o nacionalista tan de moda.

Sus peores protagonistas, como en las novelas épicas, adoptan nombres de leyenda y estrambóticas poses que quedan selladas en el recuerdo colectivo como un tatuaje perfecto de dolor y odio, un certificado de padecimiento. Son dictadores, guerreros, libertadores, visionarios, corruptos, mártires y héroes denostados. O todos a la vez.

Sin embargo, quienes las padecen no tienen nombre. Muchos ya no existen. Son muecas, dolor, silencio o nada. Se van. Pero os contaré las historias de los que luchan. Os contaré las historias de superación, de entereza y de supervivencia. De cómo aprender de su valor y cómo sorprendernos con los caprichos absurdos del destino.

Os contaré en este blog lo que los verdugos nunca quisieron mostrar. Viajo sola y grabo con mi pequeña cámara para dejar constancia de lo muy imperfecto que puede llegar a ser el ser humano cuando deja de serlo.